Un domingo, iba a decir como cualquier otro, pero no, un domingo diferente, decidimos un amigo y yo, dar un paseo por el monte, para despejar la mente, para vivir aventuras del Señor de los anillos, para luchar con palos con una botella en la punta como si de espadas de Star Wars se tratase, simplemente alejarnos de nuestro día a día rutinario. Y que buen día fue, tomé nota de sitios en los que me encantaría sacar unas fotos, comprobé, que soy mas ágil de lo que creía escalando una montaña y que mi asco a los bichos sigue intacto. Aunque lo que mas me maravilló es el motivo por el que escribo esta entrada. Subiendo una cuesta, después de varios kilómetros de caminata, con la intención de ver a un viejo soldado de juguete en lo alto de un cilindro de hormigón, cual fue mi sorpresa, al encontrarme en mitad del camino un pequeño cachorro de color tostado, con barriguita rosadita y lengüita colgando, mi corazón se empezó a acelerar, y mi boca no paraba de soltar frases que ni los mas fervientes enamorados pudieran decirse.... aunque, y reitero, cual fue mi aumentada sorpresa, cuando ese perrito se marcha, y vuelve junto con 5 mas como él, con las orejitas saltonas y una gama de pelo marrón que los camuflaba en el camino de tierra.
Mi alegría no podía ser mayor, se me inundaba de ternura el alma, mis pies saltaban solos... La escena mas tierna, no podía ser.
De repente empezaron las preguntas, pues los perros vivían en plena naturaleza, en una casucha abandonada, que no llegaba a los 4 metros cuadrados, y donde no había forma de que los cachorros se alimentaran. Gracias a que mi compañero preparó dos deliciosos bocadillos de salami queso y jamón, que por casualidad no llegamos a comernos ni la mitad, pudimos ofrecérselos en una sarten llena de restos secos de comida. Los perros comían como si fuera lo primero que se llevaran a la boca en días.
Yo sabia que tenia que hacer algo, así que con tristeza en el corazón, les eche toda el agua que me quedaba en la misma sarten, y continué mi aventura pero con proyectos de futuro.
Mi vecina trabaja en un albergue de perros, que no una perrera, y decidí comentárselo esa misma tarde. No tardó nada en reaccionar y al día siguiente los fueron a buscar y ya casi todos tienen familia.
Las decisiones que tomamos pueden ayudar o desfavorecer a los demás, cambiar nuestro destino o el de otros, lo importante es sentir que es lo que tu corazón te pide, así nunca te equivocaras, no sé si esos perros eran mas felices en la naturaleza, pero espero que mi decisión no les traiga desgracias, sino el amor de la relación perro-persona.

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